domingo, agosto 24, 2008

Lira y Dittborn colgados sobre la misma muralla

En la ciudad de Santiago es muy dificil encontrar espacios alternativos que marquen el interés visual dentro de los espacios expositivos. Pero, por estos días tenemos el agrado de visitar al casi centenario Museo Nacional de Bellas Artes, donde encontramos en el segundo piso del inmueble, allá en el rincón sur, específicamente, hacia la calle José Miguel de la Barra, dos interesantes obras. Estos trabajos plásticos muy poco tienen que ver entre sí, no sólo por la diferencia generacional de los ejecutantes, sino que además, la desigual materialidad plasmada sobre ambas entrega más de una interpretación o, simplemente, somos testigos de uno de los varios caprichos curatoriales actuales.
Los trabajos exhibidos corresponden al mítico Pedro Lira (1845-1912) y, al reciclado Eugenio Dittborn (1943). Por un lado, analizamos del primero la obra llamada “la carta”, óleo sobre tela colocada, en esta oportunidad, intencionalmente a una altura de dos metros, aquí es evidente la alusión a la antigua manera de exhibir durante los primeros años del museo.
Al parecer, uno de los primeros ejercicios del curador, es llevar rápidamente al observador a través del tiempo. Esta obra fue inspirada por los viajes a París del señor Pedro Lira. Esta obra, en lo más profundo, es bastante reprimida. La situación en la cual una dama de "cuna" no pueda actuar íntimamente con un papel escrito la define de poco adhesiva y para nada amistosa. Simplemente, hablamos de la típica pintura pituca y enropada de influencia francesa y, a esas alturas, proveniente de los denominados comandantes de la visualidad pictórica en el Chile de principios del siglo XX.
También podemos agregar que la historia envuelve a la pintura con aquella común temática del viejo continente, principalmente, la que posee relación con el misterio.
Ahora, inferir que la carta en las manos de la señorita o señora es de amor, es cierto, debido al dramatismo puesto en escena sobre el tabú que significaba enamorarse en esos tiempos. La mujer expresa: no revelar que siente amor y deseos libidinosos.
No es menor destacar las capacidades pictóricas de Pedro Lira, y acierta más drama al tema de este trabajo y la convierte en una obra detestable, más aún, cuando durante años su cargo en la dirección, de la escuela de Bellas Artes, lo convirtió en el gran vetador de las “bellas artes”, a pesar de que para muchos su labor como cabeza principal en la academia es mencionada como un gran aporte para la historia del arte nacional.
Diametralmente opuesto, es el trabajo del Sr. Dittborn que muestra uno de sus ya renombrados trabajos aeropostales. Aquí, en la parte inferior de la muralla, se puede ver el denominado “queñas” Nº 150, una mezcla de técnicas que muestran explícitamente a dos hombres ahorcados de diferentes épocas.
Dittborn ha tratado con su pintura aeropostal, no sólo convertirse en el neo pictor optimus de la época presente, sino que además, retomar temas contemporáneos que hacen referencia a las relaciones y al actuar del ser humano durante el transcurso de los siglos.
El descubrió sus trabajos aeropostales al plegar cuatro veces el papel de impresión de grandes dimensiones, y luego, al desplegarlo, se advierte que se cuadricularizará el papel. Esto provoca una búsqueda de una marca material que atravesará las obras y las hace más heterogéneas, en particular en esta “Queñas”, donde la desdicha de la condena a muerte y la mutilación de las imagenes cobran más sentido que nunca. Entonces, realmente que quiere decir el curador con este ejercicio visual. Al parecer, poner de manifiesto lo volátil que puede ser para el ser humano la ivasión de imágenes. A pesar que muchos de los visitantes al museo sólo miran y transitan por aquel lugar, sin percatarse de la nula conexión existente entre ambos trabajos; necesariamente, es mejor detenerse y contener la gran carga reflexiva de estos. En ambos se advierte la expresión de ese misterio incólume. Me atrevería a decir que muy atractiva se vería la obra de Lira en donde su fémina sostendría una pintura aeropostal entre sus manos, o que Dittborn en sus pinturas aeropostales imprimiera la imagen de la dama aristocrática y la colgará en uno de estos ejercicios visuales; trabajos en repudio a las demostraciones de "buen arte" durante el transcurso de casi dos siglos en nuestro país, donde el canon del “buen trabajo” lo establece la clase acomodada y no todos los demás que pertenecemos a ella.
Por último, establecer los nexos entre la crítica a los medios plásticos tradicionales y, a la sociedad en general, deja de manifiesto la existencia del morbo y asociatividad con las nuevas tecnologías de comunicación dentro del siglo XX. En definitiva, el Sr. Castillo quiere juega con el perfil sicológico de dos siglos muy distintos, plasmados en estas obras del MNBA.

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