jueves, enero 03, 2008

Texturas contemporáneas en Iquique



Es bien sabido que a pesar del dinamismo económico encontrado en Iquique, este no ha facilitado el hallar en la ciudad instancias culturales de carácter global, como por ejemplo, las exposiciones de arte contemporáneo.
Esta claro que tanto en instituciones públicas como privadas de la ciudad, la función que cumplen estas como promotoras de la cultura y las artes no los lleva a la utilización de los recursos contemporáneos para crear y promover situaciones plásticas potentes.
Algunos han expresado que esto se debe a la idiosincrasia iquiqueña, ya que actúa en una constante negación en pro de visualidades contemporáneas muy bien conocidas por estos “promotores”. Al parecer, el utilizarlas podría herir las susceptibilidades locales.
A pesar de lo que las autoridades nos hagan creer, el deleite de la memoria visual de Iquique está siempre en poner los ojos hacia el pasado y no hacia el futuro, existe una especie de maquina local reproductora de flashbacks que nos lleva sistemáticamente a experimentar con brisas decimonónicas los triunfos y pesares de estas tierras.
Consecuentemente, no es menor que desde niño te recuerden los significativos acontecimientos del país tales como: el combate naval, el lema de la tierra de campeones, poseer la mejor playa de Chile o rememorar los fatídicos hechos de la escuela Santa Maria.
Hoy en la ciudad, cuando la misma vuelve a mirar y revisar su historia, pero de hace 100 años; donde la mitología local se hace latente con casi un centenar de actividades, el Servicio de Registro Civil e Identificación ha querido conmemorar a los caídos en la escuela Santa María con una exposición de arte Contemporáneo en sus oficinas de calle Sotomayor, en donde antiguamente funcionó la antigua estación de ferrocarriles que unía Iquique y la localidad de Pueblo Hundido.
Sin duda que uno de los factores más importantes para apreciar estos trabajos emplazados no sólo dentro de las oficinas sino también en el antiguo andén de pasajeros es la gran cantidad de nuevas texturas encontradas en el lugar.
Los ensayos visuales que se presentan desde el 14 de diciembre hasta el 15 de marzo son de los artistas Francisca García, Mario Navarro, Bernardo Oyarzun, Valentina Turak y Jorge Wittwer.
Indudablemente, lo primero que nos llama la atención de esta destacada exposición es la interrogante reiterativa de la denominación de obra de arte.
Las obras de los artistas cumplen en esta ocasión la sentencia curatorial de Justo Pastor Mellado: “mínima intervención pero con un fuerte impacto”
Después de todo nuestro preámbulo, es complejo percibir desde los espectadores, su impresión sobre las obras que por su materialidad, tan ajena a lo usualmente visto, marcan precedente y las convierten en obras de culto dentro del mismo edificio, sin olvidar que este lugar fue testigo de la gran cantidad de trabajadores que llegaron a Iquique para exigir sus derechos como obreros del salitre.
Así dentro del edificio dispuesto en una salita de blanca pulcritud se puede observar el trabajo de Francisca García. Un video transmitido sobre dos pantallas lcd, en donde en forma repetitiva se pueden apreciar imágenes de bélicas películas estadounidenses y extractos de la carta que envió el general Silva Renard a las autoridades de gobierno informándole sobre los trágicos hechos en la escuela Santa María, el día 21 de diciembre de 1907.
Los tristes acontecimientos maquillan el pensamiento de varios que por muchos años no quisieron recordar el episodio y además no buscaron a los responsables de tanta injusticia. Las imágenes también nos llevan a recordar esas películas con las cuales muchos fueron educados para saber y entender la cosmovisión del país del norte y su forma –con mucha desdicha- de hacer justicia e instaurar la paz en otros rincones del planeta.
El señor Mario Navarro nos transporta con sus fichas a la forma de pago que recibían los obreros por aquellas épocas. El artista dispone sobre una estructura de acero y madera que mide 4 metros de largo por casi 2 metros de ancho unos 2.000 ganchos para que cada persona que hace su trámite en el registro civil pueda dejar su ficha donde mejor le parezca y formar una textura serial de una carga política macabra.
Sin duda, la ficha fue uno de los grandes temas de la lucha de los obreros que esperaban no ver más injusticias de parte de los dueños del salitre; pagar en miserables fichas a todos por igual, el trabajo indigno en las calicheras.
Bernardo Oyarzun nos presenta una obra absolutamente querendona por el público más adolescente.
Sus figuritas de resina con sus vestimentas muestran la diversidad de nuestra comunidad, sin embargo, el mismo rostro, el del propio artista, se impregna con el tema de un rostro y visión en común, durante la lucha sindical en Chile.
Además, la obra nos transporta a las serialidad de objetos de consumo encontrados en lugares como la zona franca.
Como no olvidar nuestras obras de consumo, cuando alguna vez en los años 80’s, visitando el gran mall del sector amurallado con esas esencias de harina de pescado comprábamos figuritas articuladas de GI Joe; convertirnos en uno de ellos era el sueño de varios, luchar por la justicia y la paz era uno de nuestros temas infantiles.
Estos obreros de Oyarzun con su rostro actúan sobre un mesón de casi 8 metros de largo como esculturas sobre una maqueta, algo muy de la zona y con una actitud de reivindicar sus derechos.
La arquitecta y fotógrafa iquiqueña Valentina Turak dispone de unas 80 fotografías sobre las paredes del gran hall, son rostros encontrados en los archivos históricos del Registro Civil de Iquique. Aquellas personas que aparecen pudieron o no tener noción de los acontecimientos que hoy nos llaman a conmemorar, pero sus rostros contienen ese semblante del no ser invitados a hablar, como muchos que no pudieron hablar este y otros temas en la ciudad, aquí la imagen vale más que mil palabras.
La disposición de las fotografías lleva a más de alguno a reflexionar sobre la ya conocida iconografía de los carteles de detenidos desaparecidos durante la triste dictadura militar del siglo pasado, así en este trabajo tenemos un link no premeditado de lo que ocurre con estas imágenes, en donde las mismas se contraponen a las versiones y preguntas históricas sobre la verdad de lo ocurrido en el año 1907. ¿Cuántos son los muertos? ¿Donde están los cuerpos de los fallecidos?, ¿Quién los hizo desaparecer?
El artista antofagastino Jorge Wittwer pone a disposición albas mortajas con índices de putrefacción. Al analizar su metáfora de los cuerpos y los no cuerpos, claramente, el provoca el tema central de la masacre: si no hay cuerpo no hay delito.
Además, sus albas referencias se inclinan a ciertos versos salitreros: “si no hay memoria no habrá humanidad”.
Más de una veintena de “cuerpos” se disponen por sobre el lugar en donde yacían años atrás los rieles del ferrocarril, al parecer esas obras accidentalmente tomarán un viaje para no regresar, pero cautivarán por siempre la memoria de los iquiqueños.

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