Desde una posición ortodoxa, el museo colecciona y conserva objetos insustituibles para ser exhibidos.
Así, surgen las clásicas realidades y funciones del museo: las de la colección, conservación y exhibición.
Pero desde un punto de vista más que lógico y real, la primera marca la diferencia: de la colección dependen las otras dos funciones y, sin aquélla, estas últimas no tendrían lugar, ni tampoco el museo en sentido estricto. “La única cosa que cada museo tiene en común con otro museo -afirman Ambrose y Paine- son las colecciones”.
El abuso del término y la imprecisión del concepto “museo” se confirman especialmente cuando no existe “colección”. La colección es el catalizador de la institución rigurosamente museística. Sobre todo porque, como afirmó Susan Pearce, “la construcción de una colección es un camino en el que organizamos nuestras relaciones con el mundo físico exterior del cual las colecciones son una parte. Formar la colección es parte de la relación entre el sujeto, concebido como cada ser humano individual, y el objeto, concebido como el mundo total, material o no, que los sitúa fuera de él o a ella. Las colecciones son un significativo elemento en nuestro intento por construir el mundo, así como el esfuerzo para entenderlos es un camino de exploración de nuestras relaciones con el mundo”.
Coleccionar (formar la relación de un museo) implica al menos tres aspectos a tener en cuenta: qué coleccionar, qué no coleccionar y cómo coleccionar. De ellos se derivan otras acciones complementarias o subsidiarias: cómo seleccionar y legitimar las obras y cómo ordenar y clasificar las colecciones, inevitablemente unidas a las otras dos prioritarias de cómo conservar y cómo exhibir las obras. De éstas se derivan y resultan, a su vez, las de la investigación, documentación, didáctica, restauración, reprografía, publicidad y difusión, y proyección sociocultural (lógicamente, algunas de estas funciones del museo han nacido o se han consolidado en la sociedad actual)
Desde un punto de vista teórico general, solo debe coleccionarse aquello que resulta insustituible o irremplazable. Una característica que hace al objeto diferente de todos los demás. Si un objeto raro puede ser fácilmente duplicado o es individualmente insignificante, entonces no resulta imprescindible. No toda obra única es por ellos mismo –pongámonos por caso un ejercicio infantil de caligrafía- irremplazable.
Quienes forman la colección de un museo tiene que ser probados expertos en la materia de sus fondos, ser capaces de descubrir el valor intrínseco de los objetos, que depende esencialmente de dos notas conjuntas: cómo han sido concebidos y como han sido realizados.
Así, surgen las clásicas realidades y funciones del museo: las de la colección, conservación y exhibición.
Pero desde un punto de vista más que lógico y real, la primera marca la diferencia: de la colección dependen las otras dos funciones y, sin aquélla, estas últimas no tendrían lugar, ni tampoco el museo en sentido estricto. “La única cosa que cada museo tiene en común con otro museo -afirman Ambrose y Paine- son las colecciones”.
El abuso del término y la imprecisión del concepto “museo” se confirman especialmente cuando no existe “colección”. La colección es el catalizador de la institución rigurosamente museística. Sobre todo porque, como afirmó Susan Pearce, “la construcción de una colección es un camino en el que organizamos nuestras relaciones con el mundo físico exterior del cual las colecciones son una parte. Formar la colección es parte de la relación entre el sujeto, concebido como cada ser humano individual, y el objeto, concebido como el mundo total, material o no, que los sitúa fuera de él o a ella. Las colecciones son un significativo elemento en nuestro intento por construir el mundo, así como el esfuerzo para entenderlos es un camino de exploración de nuestras relaciones con el mundo”.
Coleccionar (formar la relación de un museo) implica al menos tres aspectos a tener en cuenta: qué coleccionar, qué no coleccionar y cómo coleccionar. De ellos se derivan otras acciones complementarias o subsidiarias: cómo seleccionar y legitimar las obras y cómo ordenar y clasificar las colecciones, inevitablemente unidas a las otras dos prioritarias de cómo conservar y cómo exhibir las obras. De éstas se derivan y resultan, a su vez, las de la investigación, documentación, didáctica, restauración, reprografía, publicidad y difusión, y proyección sociocultural (lógicamente, algunas de estas funciones del museo han nacido o se han consolidado en la sociedad actual)
Desde un punto de vista teórico general, solo debe coleccionarse aquello que resulta insustituible o irremplazable. Una característica que hace al objeto diferente de todos los demás. Si un objeto raro puede ser fácilmente duplicado o es individualmente insignificante, entonces no resulta imprescindible. No toda obra única es por ellos mismo –pongámonos por caso un ejercicio infantil de caligrafía- irremplazable.
Quienes forman la colección de un museo tiene que ser probados expertos en la materia de sus fondos, ser capaces de descubrir el valor intrínseco de los objetos, que depende esencialmente de dos notas conjuntas: cómo han sido concebidos y como han sido realizados.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario